Por Jaime Cerón, Publicado en el Periódico Arteria No. 6, pag. 12

 

Para los artistas en América Latina, ha sido siempre un desafío la definición de una postura coherente ante las dimensiones históricas y culturales de sus contextos de origen. Esta disyuntiva difícilmente se le presenta a un artista europeo o norteamericano, porque creen situarse fuera de estas problemáticas, ficticiamente por supuesto.

 

Para Rodrigo Echeverri, la apropiación pictórica de referentes histórico – artísticos de otras latitudes, involucra necesariamente la conexión de las estrategias formales presentes en dichas obras con aspectos culturales y políticos del contexto social en que él se desenvuelve. En ese orden ideas, el parece optar por la lógica de la traducción cultural que parece factible solo en la medida en que se propicie una transferencia de sentido más allá de la referencialidad directa a los contenidos o la información propuesta en el “modelo original”

 

Las diferentes pinturas que constituyen una parte importante de su cuerpo de trabajo, se sustentan en diversas traslaciones de las imágenes más emblemáticas del minimalismo, el movimiento artístico de finales de los sesenta en Estados Unidos.  En sus traducciones culturales, aunque el cuerpo esté ausente se pone de presente por las resonancias del color carmesí que se identifica con los fluidos corporales. Los paralelepípedos que sustentan los campos cromáticos se leen como ataudes o cajas y no como estructuras inertes lo que solía decirse de sus contra partes minimalistas, lo que los hace generadores de significados que emergen desde fuera de las pinturas por identificaciones producidas desde diversos trasfondos culturales. El hecho de situarlas frontalmente sobre la pared, garantiza que se puedan leer como un conjunto estructurado en torno a la fragilidad de su núcleo. Imaginariamente se proyecta hacia afuera y hacia adentro del muro implicando referencias intrínsecas a la obra tanto como elaboraciones y apropiaciones culturales propias de los espectadores.  Los dibujos que acompañan las pinturas, aluden al cuerpo con una dimensión desmaterializada y fragmentada, complementando la noción de cuerpo ausente. Los dos conjuntos de imágenes indagan sobre las motivaciones políticas o sociales que llevan al cuerpo a desaparecer, a fragmentarse o a diluirse.

 Bogotá, agosto de 2006

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